Todos alguna vez visitamos las zonas más oscuras… donde parece no haber fin para tanto dolor… donde sentimos caer y no parar.
Una habitación sin luz ni ventanas. Algunos días podemos salir y nos rodean esos ángeles que nos dio la vida. Otros, sólo queda resistir la caída. Aguantar, respirar profundo, dejar que el viento nos pegue en la frente…
Es dormir y soñar… no dormir y pensar… despertar y sentirse siempre al borde del abismo.
Siempre pensar… hasta que un día despertás y encontrás tu cuerpo lleno de cicatrices… y de repente, donde no había ventana, ves un pequeño vidrio por donde un resquicio de sol quiere entrar. Y como por instinto, seguís esa luz… Salís a la calle y la brisa te vuelve a acariciar. Sonreís. Sí, sonreís!
Algunas mañanas después, tal vez te despiertes y sólo veas el cielo cubierto y gris. Y vienen tardes o noches lluviosas y frías… de las cuales nadie puede rescatarte más que las lágrimas y el sueño.
Algunas mañanas después, tal vez te despiertes y sólo veas el cielo cubierto y gris. Y vienen tardes o noches lluviosas y frías… de las cuales nadie puede rescatarte más que las lágrimas y el sueño.
Y sin darte cuenta, pasa el tiempo. El abismo se fue llenando de sonrisas, abrazos, música y color. Sólo ves un rincón oscuro… que es donde a veces te sentás a pensar. Pero siempre, SIEMPRE los sueños y los ángeles que te acompañaron a recolectar gramos de fuerza te vienen a rescatar…
Por la ventana ves el sol. No entendés. No sabés bien cuándo pasó. Ves un jardín que se va llenando de flores… y allá vas… te sentás a respirar.
24- 07- 09
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